UNA RAZÓN PARA ESTE BLOG

No pocos, y no sin insistencia, me han preguntado para qué escribo este blog, y en qué tono anímico y bajo qué motivaciones lo hago. Quisiera aquí con la mayor sinceridad, intentar unificar una respuesta, y que ésta sea efectivamente una respuesta.

La suma de los artículos tiene forma de testimonio y de esquela, pero pese a la controversia que le imputan, –a mi criteriofantasiosa- no hay en los artículos ninguna emboscada para creyentes.
  • No estoy a la pesquisa de mis legatarios “guerrilleros”
  • ni la rebeldía me seduce,
  • ni anuncio una maniobra de renegados en acción,
  • ni atizo complots.
Este blog es solamente una voz de discrepancia a los registros eclesiales arrogados; y si bien es cierto que pudiera leerse en cifra policíaca, también cierto es que soy demasiado cándida como para sostener esa intención.

Es verdad –y nunca lo niego- que contiene temas parrandeados y burlescos, y que muchos rencores hacia mí provienen de ese acento que le impuse. Y hasta es muy probable que por esa causa se incluya lo que escribo en el malévolo género del panfleto.

No desconozco, y admito, que lleno de cólera algún manojo de artículos sea improcedente y restringido, y que por eso mismo también sea un blog odioso. Pero al mismo tiempo esos artículos antipáticos –lo digo sin hipocresía- han dado en la tecla correcta la mayoría de las veces.

Me han dicho también que con este blog trato de ejercer con detallismo la propuesta pulcra de la agresión. La agresión gratuita, injustificada, arbitraria e ilícita. Y que lo prosigo porque soy propietaria de una espuerta de ventajas sombrías que escribirlo me esté reportando.

Mi contestación es menos complicada y más lógica.
Que las iglesias –muchas de ellas y en gran número a las que me dirijo- se han abierto camino institucional por medio de una labor dañosa contra la Gracia:
  • Han ganado terreno fiscalizando vidas,
  • censurando gente,
  • excluyendo presencias,
  • expropiando patrimonios,
  • abreviando fe,
  • eclipsando dones,
  • truncando ministerios,
  • cercenando talentos,
  • matando esperanzas,
  • esclavizando espíritus,
y con esto mismo ridiculizándose a sí mismas hasta el punto del atracón.
Han generado una hipótesis permanente de conflicto que consiste en la presunción de que todo lo que cuestione sus programas merece la calificación de contendiente y réprobo.

Esto, para tales congregaciones -iglesias, empresas- en el principio fue una necesidad de hallar enemigos para poder arraigarse y sustentarse. Después se les hizo un rasgo de estilo. Hoy ya es un clisé, un empeño, un objetivo confeso, una alegre voluntad, y una ceguera feliz.

Las congregaciones legalistas no son grupos de “hermanitos imperfectos” que serán “con el amor de Dios poco a poco perfeccionados” y son dignos de comprensión y amparo.
Esos legalismos son procedimientos conciliados, conscientes, planeados, ideados, trazados, promovidos, suscitados como verdaderas entidades.


Sus tácticas brutales llevan al cristiano a exhibirse en sus heridas más íntimas y exponerlas al público para luego presionarlo a la transformación y a la santidad, al experimento mengueliano de ser otro. Ya se sabe, que ante el fracaso, lo acecha la merecida expulsión, la segregación, el menosprecio. ¿A quienes? A los que Cristo prefirió y amó.

Por eso en este blog -sea que confunda por deficiente escritura o que se jibarice por mezquina lectura- hablaré siempre de esas iglesias donde Dios es una Ley, y mostraré (como pueda) que la eficacia de las estructuras fascistas contemporáneas respiran gracias a:
  • la atribución profética del ensayista que las procrea,
  • de la coacción del experto que las activa,
  • y del dirigente que se beneficia.

Y diré –incluso con redundancia- que no le busco “la parte positiva” al legalismo y sus tragedias, porque no comulgaré jamás ni con la más imperceptible de las habilidades del despotismo, ni con sus cofradías ni con sus ángeles.

No soy ni seré amiga de los cristianos aprendices de legalistas

No tengo que ver con una tarima que trata a la gente como ratas de laboratorio. Son este tipo de descomposiciones crueles y populares las que me resultan anticristianas, inadmisibles e insostenibles. Y no hallo ninguna razón por la cual unirme con ellos en alguna clase de hermandad.

Este es un blog dirigido involuntariamente a poca gente.

No denuncio ni pontifico ni sentencio.
Percibo, recuerdo, observo, compruebo, siento, y escribo.

La conjetura legalista es problemática, y lo que obtiene es inevitablemente una historia problemática. Y además de problemática, forja su historia y testimonio de un modo confuso, indeciso, vacilante, objetado, vergonzante. No sólo es teológicamente defectuoso desde la actitud, sino también en la realidad más contingente y circunstancial.

Y sus jerarquías, tan atentas a la mistificación de sus precursores y sus constituyentes –cada una en sus respectivas áreas de predominio- se muestran ahora enérgicas y sempiternas. Quedan hoy con las manos atadas para cuestionar sus propios mitos.

Que el nombre de la Iglesia de Cristo tenga que ver en esto tiene algo de intolerable, creo yo. Y me cela que en estas Américas las asambleas de los evangélicos se hayan satisfecho de sus mutaciones, y sean en su punto vigente, las más famosas y violentas academias de la farsa.

No obstante, no reduzco a lo que este legalismo pseudos santificador hace ni lo que deja de hacer.
Observo también lo que impide que otros cristianos nolegalistas sean y hagan.


Al haber conocido en primer plano el conformismo y el haber convivido en sus sistemas por muchos años, y al observar ahora que existe una ultradefensa de esas formas de congregación, podría concluir que la mayoría cristiana popular es una mayoría social que prefiere el malestar al cambio y la quimera a la evidencia. Pero dejaré en blanco la conclusión, porque no he puesto un cerrojo en la esperanza.

Lo que sí aseguro, y rubrico, es que si quieren los pastores del legalismo contemporáneo ser artistas desafortunados, y artífices de las desventuras de los cristianos evangélicos, entonces que lo sean sin mí, sin mi andamio, y con su propio peculio.

Cumplo mi finalidad en varias ocasiones, y no soy miedosa del sarcasmo, aunque usándolo me arriesgue al exceso, a la exageración, y al abuso de la hipérbole.
No me da miedo la sátira porque de todos modos, usted sabe tanto como yo, que la realidad de nuestras iglesias protestantes y evangélicas siempre supera cualquier exótica ficción.

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