BIENVENIDOS A MIS OJOS TUS PROBLEMAS (*)

Otra vez mamá en el suelo respondiendo demandas de anotaciones al margen. Esta vez es sobre por qué señalo a los fundamentalistas. En principio la respuesta sería muy simple y ya la di muchas veces: Porque yo prefiero caer a cuentas del Misericordioso Eterno y no en las manos de los justicieros medievales.

De ninguna forma me interesa la denuncia, ya lo había dicho, sí. Ni el tono profético me interesa; no sé tampoco que es eso de “tono profético” en medio de un campo ya continuamente sembrado de “meparecehermana” y de "labibliadice". Sin embargo, en todos estos días pesados que tengo encima, reconozco que no es lesivo, sino hasta muy comprensivo y oportuno, agitar al cristiano abundante. Agitarle la botellita espumosa de fe tóxica, ese brebaje que lo fanatiza en su reino y le ayuda a producir sin pausa aversión al evangelio.
Ya se tiene visto que no le molesta lo que se traga sino lo que le muestran que se está tragando.

Sufro -y quizás soporte- la desgracia holística de nuestra cosecha, pero no me miro como una “llamada a guiar” hacia la disculpa de ella; consto en la mies, como si constara igualmente entre los hijos de las tinieblas. ¿Quién es el que caesin que yo esté en la cornisa? Pobre de mí si estuviera a resguardo de las angustias de los que no son santos.

Algunas veces estoy más fuerte para mantener la esperanza de entender aquí mismo, arriba de mi mesa, la justicia de la nueva inocencia y la jerarquía de la buena noticia. Pretendo intervenir en una vida más digna. Pero no estoy en circunstancias de regalar esa buena noticia eterna para que me den de vuelto una sociedad sin criterios de opresión. Yo vivo la opresión, mientras los antaño liberadores hoy me la dinamizan con sublime éxito. Así que no quiero salir airosa por atajos mientras otros son maldecidos por la maldición de los religiosos. Me dejo maldecir junto a ellos.

El contenido y el tono. ¿Todos los cristianos necesitamos un dirigente incapaz de comprometerse y de pensar por sí mismo? No, todos no. ¿Todos los cristianos necesitamos una divinidad neurótica que vigile para castigar? No, todos no. ¿Todos los cristianos necesitamos papilla sin sustancia para pasar agosto? No, todos no. ¿Todos los cristianos somos obligados a dejar una religión alegorista y sistemática para reemplazarla por otra materialista y desmantelada? No, todos no. ¿Todos los cristianos medimos las cosas según lo que necesitamos? No, todos no.

No tengo licencia para pontificar. No me jodan con solicitudes de explicaciones sobre lo que debe creerse y lo que no debe creerse, sobre lo que es herético, sobre lo que es indiscutible, sobre lo que es santo, sobre lo que es profano, sobre lo que es bíblico, sobre lo que no lo es. No soy yo la que determina esos parámetros. No hay iglesia en mi sombra, a mi espalda, puede verse que no. Ni editorial, ni fuerza directriz que me controle los puntos y las comas.

Nunca escribí ni escribo como consejera ni doy mapas con indicaciones morales, no cazo brujas, no quemo sacrílegos, no persigo excluidos; al contrario, me aman o me detestan porque doy cabida a los detestables, y porque nunca me asumí preceptora de los puros, sino todas las veces una discípula más del experimentado en quebrantos.

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