No te rías que es peor

Cuando tome la primera comunión en la Iglesia Católica, estaba encajada perfecta de blanco en mi grupo coetáneo de “Proto-sacramentarios”. 
Formados en fila patricia ante el altar iluminado esperábamos el comienzo de la ceremonia, con la Parroquia llena de visitantes y familiares. 
Cometieron el sacro error de colocarnos las niñas en una nave y los varones en la otra nave, de modo que nuestras caras se enfrentaban mientras nos separaba el pasillo de acceso al altar. 
No podíamos más que intercambiar gestos, sonrisas, muecas y otras jovialidades propias de los ni creen ni saben qué cosa es una hostia y con qué tono se ingresa a un templo católico. 
Pero estábamos felices, con sonrisa efervescente, teníamos el espíritu lleno de aplausos, sólo por ser niños, y no entender nada.

Fuimos severamente amonestados, culpabilizados, demonizados y amedrentados por reírnos dentro de la Iglesia. 
Salimos de allí con un cachetazo de solemnidad y cruzamos el atrio con un rictus de espanto.
Y yo, particularmente, nunca más quise regresar.

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