Ante el Trono de Hesed

–Ayúdame a orar.
He pedido eso a mucha gente y vi que era una síntesis de todo lo que tenía para decir. La gente con sobrecarga de vida necesita una síntesis. Y la síntesis de uno mismo suele estar almacenada en el prójimo y jamás en la propia perspectiva.

No puedo desglosar con paciencia y tranquilidad (como artesana del pecado) todas las desaprobaciones que me han hecho en el cielo y en la tierra, y para unificar el desastre en una sola obra –si es que estoy nteresada en sofrenar el caos– bien sé que se deben evitar fraseos, contrapuntos y lítotes de la desesperación, y que necesito incluso calmar los ataques de originalidad para poder ponerme de cara al “incesante universo” de un prójimo cualquiera y pedirle: –Ayúdame a orar.

Si llego a ese grado de fatalidad del mutismo, la humillación de sentirme anormal entre los cristianos me ayuda mejor que todas las normalidades conocidas, así es que paro la marcha y pienso poco. En este estado de palabra inefable, de necesidad sin adjetivos, de aplastamiento por lo sucedidoimponderable y por lo que no se puede reducir a términos escritos, renuncio al dogma y a la simplificación de mis oralidades y llamo: ¡Ayúdame a orar!.
Prefiero descalibrarme la razón y la fe, pidiendo con ansiedad de niña que meterme en mis propios laberintos de angustia, desconfiada e incrédula a luchar dentro de mí contra lo que me vencerá.

Y cuando yo digo "Ayúdame a orar", quiero decir, en realidad: Ora tú que yo me callo. Y cuando digo “prefiero que ores tú”, lo digo por decir. Es más bien asirme de un socorro y no es una preferencia cincelada como un recurso racional. Ni tampoco es ceder un privilegio.
Me tocó más de una vez recibir en respuesta al ”Ayúdame a orar” la invitación al abandono de la creencia en la oración y a defenderme teológicamente de las virulencias de los mitos. En mi clima de desesperanza y en condición de mutismo, han sido muchas las veces en las que me discutieron con pericias admirables las fallas fideicas de un diálogo con Dios y muy pocas las que –sin preámbulos de emergencia–me han ayudado a orar, y oraron.

Los “gemidos indecibles” del “idioma infinito”, esa perfección intangible del lenguaje que Dios entiende antes que yo lo exprese –o lo busque– esa forma de claridad entre espíritus sin atenerse a la gramática no suele tener buena fama entre los “normales”, y oigo aquí y allá, casi al unísono, que la oración, y más aún la oración intercesora, pertenece al anclaje en que los fundamentalismos cristianos se condicionan hoy.

Y entre quienes aún creen en la oración, pocos encuentro que se den gratuitos a la fluidez del diálogo Hombre-Dios, sin que necesiten proclamas enfáticas, bizarrías teológicas ni atenciones rigurosa a la etimología de cada palabra usada.
Por eso, yo no sé orar, ni siquiera en momentos de calma. ni siquiera con la receta-estructura del padrenuestro, y eso también es un pedido de auxilio.

Que me ayude a orar alguien que no tenga undialecto bíblico ni signos verbales postizos a su habla cotidiana, ni haya empeñado su naturalidad para impostarse como orador, ya es pedir demás. Por eso, la desesperación suele darme una sencillez en la urgencia que lúcida nunca consigo: No importa cómo, ni cuánto, ni quién seas, ni te importe cuándo, ni dónde, ni quién soy, pero ayúdame a orar. Porque sí, por ese amén que me resulta esquivo.

1 comentario:

  1. Gabriela, me imagino que te acuerdas de este hombre que escribe y que pensaba que se sumergía en lo insondable del misterio de Dios y que, simplemente chapoteaba. Me es grato ver tus escritos. Ahora especialmente, por la Pascua presente que vivo en el día a día y en mi corazón. Un desierto que espero alcanzar a pasar y llegar a las promesas de Dios y al Dios que las promete. Saludos y oro contigo.

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