Gotas de Hesed


Me tocó dormir, alguna vez en la vida, en un altillo.
Era algo parecido a un desván, pero con el techo muy cerca de mí. Desde mi cabeza al cielo raso había poco más de medio metro. En verano, el calor derretía la pintura. Unas gotas de aceite de olor asqueroso me caían sobre la cara, la nariz, la boca...
Por un largo tiempo dormí en ese lugar.
No fue una buena época para mí, y me niego a buscarle "la parte positiva" como me aconsejaría un profeta de "New Age". Aunque fue una buena lección posterior.

Varios años después, ya trabajando en las Congregaciones del interior de Buenos Aires, se me repitió la experiencia, involuntariamente. Yo no tenía casa. Los delegados de asamblea de la congregación bautista de mi ciudad me permitieron dormir en la oficina del templo. Allí era una dependencia tras un largo pasillo, detrás del salón de cultos. Y yo estaba agradecida.

Esa oficina tenía techos de chapas de zinc, y no tenía paneles de revestimiento de cielo raso.
De modo que, en invierno, al hacer más calor adentro que afuera, se formaban en la chapa unas gotas de condensación que me llovían sin piedad mientras yo dormía. No eran tres o cuatro gotas. Era un chaparrón permanente, de tal forma que la intemperie hubiera sido más benévola.

Cierto día, un amigo me dijo que él colocaría un revestimiento en el techo, porque se imaginaba que era imposible dormir ahí en condiciones normales. Y sin cobrarme nada, él lo colocó. Me lo regaló. No esperó nada a cambio. Lo vio necesario, y solucionó mi tema.

El líder de la Iglesia vio colocado el techo, y me llamó aparte.
Y me dijo: - "Gabriela, te estuviste quejando".
Y me miró con una sonrisa irónica condenatoria. Como si él me hubiera descubierto un "pecado" gravísimo que yo hubiese mantenido oculto por siglos.

-"Te estuviste quejando" - me decía él. Eso era todo lo que él tenía para decirme. Y agregó que él había dormido durante años en una habitación con piso de tierra y sin techo, y no se había quejado nunca. Nadie le regaló nada, y él se aguantó eso, sin quejarse.

Yo no creí que me quejara.
Y, de todos modos, no me pareció tampoco que el tema fuera de tanta gravedad.
Pero él me hizo sentir delante de los demás que yo no era capaz de tolerar ni la menor incomodidad, y que estaba reclamando confort.

Quizá él creyera que para ser un digno cristiano había que padecer adrede molestias físicas.
Por un poco más de tiempo dormí en ese lugar.
Y al ver que desde el techon ya no me caían gotas de agua helada sobre la cara, yo sentía que bajaba sobre mí una especie de cuchilla inquisitorial -como la de Allan Poe- , que en su vaivén pendular me decía "Te quejaste, Gabriela, te quejaste".

Aa través de esa experiencia, aprendí con dolor lo queNo era Hesed en el liderazgo.
Cuando me tuve oportunidad de dar asilo a alguien, aprendí por contragolpe a darle el mejor que yo tenía. Y no pen´se si se lo merecía, o si me valía la pena, o si me lo pagaría.

La Iglesia tiene esas historias y esas paradojas.

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